La Matanza del 6 de Julio de 1944

Por Julio Escoto

El 6 de julio de 1944, mientras el sol meridiano viajaba a su lecho en la sierra Merendón, seiscientas personas, que al crepúsculo sumarían dos mil, se juntaron bajo el águila prusiana del bulevar Morazán y en mutismo caminaron al sur, hacia el Hospital del Norte, de donde descendieron, multitud ya integrada con adultos, niños y mujeres, a la avenida Lempira, para luego tomar, rumbo norte, la calle del comercio (avenida Wilson). Allí los rodeó una columna de soldados armados con fusiles, que los siguió unos metros, hasta que al pisar el entrevero de la cuarta calle, cerca de la Policía Nacional, un retén los forzó a detenerse.

El Dr. Antonio Peraza (nacionalista) organizador de la marcha con la maestra Graciela Bográn y el Dr. Presentación Centeno (liberales), solicitó permiso al bazar Sahury para hacer, desde el segundo piso, una alocución. Comenzaba con su megáfono a despedir la concentración cuando sonaron disparos y luego cientos más durante diez minutos. Retornando algún orden y disipado el humo de cordita, sobre la calle yacían heridos y muertos... Una masacre política acababa de ocurrir.

El día anterior Peraza y Centeno habían convencido al ministro Juan Manuel Gálvez de que la marcha sería silenciosa y Gálvez condicionó a que no se pasara ante al cuartel, sito frente al parque central. Se protestaba contra el continuismo del presidente Tiburcio Carías, quien electo al cargo en 1933 había forzado la ley y burlado la Constitución a fin de proseguir empoderado seis años más, hasta 1943, y luego otros seis hasta 1949. El pueblo estaba harto de medidas represivas (Carías confiscaba los pasaportes y autos de los enemigos para que no migraran), así como de vigilancia policiaca, corrupción y nepotismo.

En junio una inmensa movilización popular había expulsado del mando guatemalteco a Jorge Ubico, y en mayo la huelga general (única efectiva) había derrocado al gnóstico y asesino mandatario salvadoreño Maximiliano Hernández Martínez.La oposición pensaba que Carías era el siguiente a ser tirado por la ventana. Pero el presidente, que sufriera un atentado en noviembre de 1943, cuya esposa Elena estaba hemipléjica y a quien fundamentalistas cachurecos incitaban a ser severo con los subversivos, quizás ordenó aplicar mano fuerte. Era sospechoso que en las azoteas hubiera tiradores y que sobre la acera policial apostaran ametralladoras pata de gallina.

Encabezaba la marcha Alejandro Irías, enemigo personal del mayor de plaza Ángel Funes, ambos olanchanos. Se ignora si discutieron al encontrarse o si todo estaba planeado como provocación, pero al intentar su discurso Peraza, y aduciendo que violaban el pacto de silencio, Funes extrajo su .45 y mató a Irías. La tropa consideró eso una señal y activó afiebradamente los gatillos contra la multitud inerme. Fue la tragedia del siglo, que infestó con indignación y venganza a la sociedad. Adicional a que, por el ocultamiento (aun hoy) de periódicos y radioemisoras, nunca se supo lo cierto. El cónsul gringo en Puerto Cortés, enviado por la embajada a sustanciar el evento, reportó al siguiente día 26 muertos y 80 heridos. Testigos visuales afirmaron que tras la masacre camiones municipales recogieron cadáveres y los llevaron a fosas comunes del cementerio, hay fotografías de ello. Los bomberos, colaboradores frecuentes de las dictaduras, lavaron la calle y el olvido selló la boca de la historia... Hace 72 años hubo un espantoso crimen político y nadie pagó por él.

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