LA CARAVANA INVISIBLE

Por padre José Abel Carbajal, CMF

“Me expulsaron de mi país mediante amenazas de muerte; al salir, salí de la misma manera que nací, sin nada… y voy para los Estados Unidos, talvez allá pueden dejarme vivir y ayudar a los míos que también se encuentran en la misma situación en Honduras. Si mi país se está quedando vacío no es debido la población ni porque no haya bonitos lugares donde poder ser felices, sino porque nos lo están arrebatando por el mal gobierno que el actual presidente está haciendo basado en la violencia…les digo que lo que está pasando en Honduras sería bueno que todo el mundo lo supiera…”. Se me erizaba la piel y estrujaba el corazón al escuchar este testimonio de uno de los tantos migrantes que han pasado por nuestra parroquia en las últimas semanas en el marco de las nuevas caravanas de migrantes.

Todos hemos sido testigos en la semana recién pasada que las actuales caravanas se han topado con cerco de escudos de la Policía Federal en su ingreso a México. Después unos minutos con gases lacrimógenos, forcejeos, golpes y una cacería sin tregua, sus integrantes, unos tres mil, fueron traslados a estaciones migratorias. El muro mexicano ganó la partida y así llegó a su final la última caravana visible. Sí, visible porque todos los días y a todas las horas existe la caravana invisible, la que no descansa, la que no aparece en las redes sociales, la que va y viene en un vaivén entre la esperanza y el riesgo. Lo que está claro a estas alturas y que para nadie es un secreto, es que detrás de este éxodo forzado está toda la violencia sistemática y la injusticia social que viven nuestros pueblos.

El cambio de rumbo, al que alude el evangelio de hoy, cuando dice que Jesús invita a unos pescadores a dejar sus redes y emprender un proyecto nuevo (Mt. 4,12-23), nos toca también a nosotros hacerlo. No podemos seguir siendo solo espectadores en la pantalla de un teléfono, hay que implicarnos.

Estos días escuchaba en una de las radios oficiales de Guatemala un análisis sobre el porqué la gente abandona su país; entre otras cosas hablaban de grupos de oposición a los gobiernos a quienes responsabilizaban de organizarles e incluso pagarles para salgan. Pero seamos honestos y miremos a nuestro alrededor; pensemos en lo que cuesta encontrar un empleo digno, una buena atención en lugares públicos, medios idóneos para que los niños se eduquen adecuadamente. Ustedes tendrán la respuesta. De todos modos, cabe recordar que “migrar no es un delito, es un derecho humano”.

Las circunstancias presentes siguen siendo el espacio oportuno en el que Jesús nos llama a todos a ensanchar el Reino de Dios en el aquí y ahora de la historia. Que desafiados nos vemos hoy, al descubrir tantas injusticias, tantas irregularidades en los espacios administrativos de las instituciones del estado. No obstante, el asunto aquí no se trata tanto de señalar lo evidente, sino más bien de ver el cómo podemos, en esos lugares, anunciar el Evangelio, la Buena Noticia de la justicia y la verdad.

El texto de hoy nos da la clave: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz intensa, a los que habitaban en sombras de muerte les amaneció la luz” (Mt. 4,16). La esperanza, no la podemos perder; sigamos intentando ser luz en medio tantas sombras y de esa manera estaremos aportando nuestro granito de maíz al cambio que todos necesitamos.

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