DEMOCRACIA SIEMPRE EN CRISIS

Por Ramón Custodio

Si todos los hondureños hacemos que se respete la Constitución de la República y se cumplan las leyes, no habrá ese debate permanente en cuanto a su vigencia, significado y la estricta obediencia a sus mandatos. El Estado democrático de derecho sería natural y la paz con educación, salud y trabajo sería posible, para ejemplo de los que no lo han logrado todavía y, sin embargo, siguen arbitrando procesos ajenos.

Hoy no hemos salido de la crisis anterior cuando ya estamos en la nueva, porque los mismos que ayer estuvieron en posiciones razonables, ahora son más irracionales en la nueva crisis, causada precisamente por ellos desde el poder, para permanecer en él por cualquier medio.

Todos los políticos saben que la política es el arte de lo posible y, mejor aún, el arte de hacer posible lo deseable; que en la democracia hay libertad tanto para el debate como para la deliberación, razón por la cual debemos saber la diferencia.

En el debate alguien nos interpela con determinada intención, que al no percibirla nos hace quedar en desventaja.La deliberación, en cambio, toma en cuenta todos los riesgos previsibles, de modo que es una cualidad propia y obligatoria de los que planifican y negocian.

La planificación y la negociación son necesarias e indispensables en la vida, entendidas en el sentido más noble; en ellas debe primar el poder de persuadir y de convencer mediante la palabra como el medio idóneo para alcanzar los mejores fines; ambas demandan tanto del debate como de la deliberación, y el mejor logro es que no haya vencidos ni vencedores, sino persuadidos y convencidos.

La realidad nacional actual es una mezcla de problemas que aparentan no tener solución, la que puede ser alcanzable con la buena voluntad y buena fe de todas las partes concernidas, sentados todos en una mesa de diálogo en la que nos obliguemos a escuchar para que también se nos escuche.

El derecho a ser escuchado es tan importante como el deber de saber escuchar. En un ambiente así, no cabe ni el olor de la pólvora ni la pestilencia de la intolerancia, sobran el odio y la violencia y, sobre todo, se supera cualquier crisis.

Casi toda la ciudadanía quiere una Honduras diferente, sin corrupción impune, sin la violencia homicida que nos hace uno de los pueblos más violentos de la tierra, sin retorcimientos de las leyes innecesarios en la sana impartición de justicia, que demanda la debida investigación de todos los delitos; además con trabajo justamente remunerado, e igualdad de oportunidades para ser y para tener lo indispensable, reduciendo la abundancia de los que se ahogan en lo superfluo, porque esa desigualdad en oportunidades es una de las principales raíces de la violencia.

Debemos hacer funcionar la institucionalidad. Que todas las instituciones funciones de acuerdo a ley. Por ejemplo, el Tribunal Supremo Electoral debe funcionar, obligando a que todos los partidos rindan cuenta del financiamiento de la última campaña electoral, como ordena la ley. Y si este tribunal no cumple, pues un grupo de ciudadanos debe pedir a los partidos que lo hagan y si no lo hacen, ese mismo grupo debe recurrir al Instituto de Acceso a la Información Pública (IAIP), demandando cualquier información necesaria para esclarecer cualquier situación turbia. Y asi para todas las instituciones.

El pleno de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) debe aclarar si esa sentencia de la Sala de lo Constitucional permite o no la reelección del Presidente de la República, porque hay una petición ciudadana de por medio. El Poder Legislativo debe decidir si la CSJ usurpó o no sus atribuciones con esa sentencia de la Sala de lo Constitucional y establecer si los quince diputados ya cometieron el delito de traición a la Patria para someterlos a juicio.

El Presidente de la República debe rendir cuentas por el costo de sus viajes y por el desempeño de sus obligaciones públicas. Si hacemos funcionar las instituciones, sobran los extranjeros metiches.

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