Carlos Posadas y su incidente en el Hospital Escuela
Por Claudia Mendoza, periodista hondureña.
No justifico a Marlon Pérez, guardia de seguridad del Hospital Escuela, quien le dio tremendo golpe a Carlos Posadas en la cara al punto de hacerlo caer al piso.
Pero entiendo que ha de ser muy difícil controlarse mientras se tiene sobre la espalda 24 horas sin dormir, mucha hambre, mucho sueño, muchas preocupaciones y, para colmo, alguien gritándole que «sos un imbécil».
De manera breve quiero referirme a Carlos Posadas y reflexionar sobre los aspectos colaterales que permiten lo que hace ante la televisión.
De periodista a provocador
Para los medios de comunicación, el espectáculo es el mejor aliado para ganar audiencia.
Y en eso Posadas se convirtió en un rey.
Pero este periodista ha confundido la “cercanía con el pueblo» con lo ordinario y la pérdida de la ética profesional en sus coberturas.
Al agredir verbalmente al guardia, el periodista mandó a la cuneta su rol de informador y se convirtió en un provocador.
El uso de lenguaje vulgar, los insultos y el maltrato a entrevistados no son un accidente diario en el cuestionado periodismo que hace.
Ese es un modelo de negocio que le funciona muy bien para ganar seguidores, anunciantes y pagar el espacio de su programa televisivo en el canal Q’Hubo TV.
También para ganar miles de seguidores en sus redes sociales.
Un canal permisivo
Esta es la segunda vez que me refiero a Q´Hubo TV de forma directa. La primera fue en 2019 para cuestionar el contenido del programa “De Pe a Pa”.
Sus presentadores, sin ningún empacho, hacían consultas inimaginables a su audiencia. Cito dos casos: en un programa preguntaron ¿dónde le gusta que le coloquen el semen?
Y en otro, ¿Qué palillonas son su fantasía sexual?
Y por allí comenzaron dos de los mayores debates precarios que mis ojos vieron.
Ante el incidente con Posadas y el guardia vuelvo a mencionar este canal porque, definitivamente, debe revisar el contenido de los programas que transmite.
Al exponerse de forma vulgar, cruda y venenosa la cotidianeidad en programas como el de Posadas, se corre el riesgo de que la población perciba y actúe con el irrespeto y la violencia que observa en la televisión.
Lo que para algunos resulta indignante o de debate, para otros es entretenimiento, morbo y el permiso para replicar esas conductas.
Quienes sintonizan este tipo de programas consideran que el periodista habla “el lenguaje del pueblo”, un conector perfecto con la gente.
Sin embargo, al no brindarse un análisis, interpretación ni educación, esos contenidos no contribuyen al desarrollo crítico de la sociedad.
En lugar de elevar el nivel de debate público, mantienen una audiencia atrapada en el morbo, la vulgaridad y la idiotez.
Eso, por otro lado, puede incitar a la gente hacia una cultura de la violencia porque el raciocinio y el argumento pierden peso ante la confrontación, el grito y el insulto.
Entiendo que este tipo de programas funcionen como una “válvula de escape” o como “catarsis” ante la compleja realidad que tenemos debido a la crisis económica, la delincuencia, la falta de empleo, etc.
Pero cuando un Estado y gobierno mantienen marginado de la educación a su pueblo, como es el caso de Honduras, los medios de comunicación se vuelven doblemente responsables porque, nos guste o no, se convierten en educadores informales de la población.
¡Ojo con esto, Q´Hubo TV!
Los medios de comunicación que prefieren potenciar la morbosidad y el conflicto contribuyen a degradar estos espacios públicos y se convierten, automáticamente, en cómplices corporativos.
¿Dónde están los que controlan esto?
Con el argumento de que el periodismo se circunscribe a la libertad de expresión, cualquiera en este país “agarra un micrófono”, habla cualquier pendejada en los medios y zas… ¡se convirtió en periodista!
Esto ocurre por la falta de regulación de esos excesos. Esto ocurre por el histórico vacío institucional. Esto ocurre porque quienes deberían supervisar los contenidos de los medios de comunicación actúan con una enfermiza pasividad y negligencia.
Esto ocurre por el malinterpretado temor a ser acusados de «atentar contra la libertad de expresión» o por una nefasta conveniencia política.
Quienes deben regular este tipo de contenidos también se vuelven cómplices de una factura que, a la larga, paga la población.
El perdón mutuo
Leí en algunas publicaciones que Posadas y el guardia terminaron el incidente pidiéndose disculpas mutuas.
Pero, que esta situación haya cerrado con un perdón público es el elemento más cínico del asunto.
Ese abrazo desvía el foco de atención del problema central.
Reduce un problema de violencia normalizada y de degradación periodística a un simple «malentendido de machos».
Al reducir el conflicto a un abrazo y perdón, el canal y las “lagunas éticas” del periodista quedan perdonados, dejando el terreno listo y servido para que la historia se repita en la siguiente transmisión.

