Se cae a pedazos el cártel Hernández Alvarado

Por César Indiano

La condena de Tony Hernández es un paso importante para debilitar a un régimen que se edificó lentamente sobre una argamasa de lodo, sangre y pus. La espantosa crisis hondureña que ahora se vive no es la primera de su historia, pero sí es única en su especie si tenemos en consideración las características, los hechos y los protagonistas.

Ya sabemos que el Partido Nacional ha sido siempre un organismo conservador, gélido y autoritario, pero jamás había llegado a las intrepideces del juanorlandismo. Los antiguos liderazgos cachurecos siempre alardearon de los manejos mugrientos en los asuntos públicos – salpicados de nepotismo y favoritismo – pero nunca habían llegado al lodo demagógico al que llegaron hoy por obra de un mal líder. Juan Orlando Hernández supera a Carías en arbitrariedad y deja pequeño a Ricardo Zúñiga en triquiñuelas.

Antiguamente habían tramado fraudes, comprado votos, amenazado a los oponentes y robado urnas, pero en los días que corren la conducta de los partidarios alcanzó cuotas criminales. El Juanorlandismo introdujo en este partido un cinismo de sicarios y una moral de perros que no se compara con ningún otro periodo de la historia de Honduras. Este partido hoy se jacta de tener su propio cementerio clandestino y su propio escuadrón de ejecutores porque en algún punto todos sus líderes (y sus integrantes confesos) se dejaron hipnotizar por la doctrina exterminadora que fue implantada por la familia Hernández Alvarado Espinoza.

En otros tiempos los cachurecos idearon alianzas purulentas con militares y hasta coaliciones con timadores de la prensa, pero esta vez se propasaron. Esta vez compraron y vendieron todo el pescado mediático incluyendo a los alevines que se menean en las tímidas redes sociales. Tiene que estar bastante enfermo un mandatario que se da el lujo de pagar la nómina total de periódicos, cadenas de televisión y emisoras radiales de un país, todo, con el propósito de inyectar pus en el corazón de la gente.

La política es un juego que deja de tener sentido cuando los participantes no respetan las normas. Sin normas no habría economía, ni deporte ni ciencias y todo sería fascismo. El juanorlandismo echó a la basura todas las pautas, reglas y normativas que los hondureños habíamos establecido para tener un país habitable. No digo próspero ni adelantado, digo tan sólo habitable. Porque a partir del 2010, cuando la familia Hernández Alvarado Espinoza se acantonó en Tegucigalpa el gobierno de Honduras se transformó en la sede de un cártel no únicamente de narcotraficantes sino también de estafadores, matones, ladrones y marrulleros de corbatín azul.

No tiene ninguna posibilidad de alcanzar satisfacción una nación que acepta ser gobernada por una mafia. Del 2010 al 2021 se triplicó la masa de inmigrantes que se marcharon para los Estados Unidos y que nos vinimos para España. Se cuadriplicó la cantidad de asesinatos impunes en todo el territorio, se triplicó la deuda interna y se quintuplicó la externa. Se desvaneció el sector privado y se multiplicó la burocracia partidaria. Aumentaron de forma alarmante las fortunas mal habidas y se idearon cuatro maneras nuevas de cobrar impuestos.

Como si todo esto fuera poco, la rivalidad entre la gente se volvió enemistad de fuego y puñal, aumentó el complot militar y creció la extorsión policial. De tal modo que el desastre socioeconómico de Honduras es nada en comparación con la calamidad anímica de un pueblo que ya no tiene energías ni ganas para emprender alguna tarea que sea lícita, inspiradora o productiva.

Es como si de pronto los ciudadanos creyeran que la única escuela válida es la escuela de matones y saqueadores establecida como conducta oficial para todos en nombre de una familia tramposa. Los jueces que condenaron a cadena perpetua a Tony Hernández se mostraron asombrados de cuanta maldad y despotismo se puede acumular en el corazón de un mandatario que entrega a su hermano (y mata a su hermana) con tal de mantener en pie su gigantesca torre de mentiras y ambiciones.

Doña María Elvira Alvarado, la madre del déspota, escribió una solicitud de clemencia para que la corte del distrito sur de New York les perdone la vida a sus lindos muchachos, solicitud que obviamente no fue atendida por el juez de la causa Kevin Castell. Al igual que todos los Hernández Alvarado Espinoza, la matriarca del clan cree que los delitos de sus hijos – crear un estado capo, destruir una nación y avergonzar a un pueblo – son travesuras de muchachos. Tanta malevolencia ha sembrado esta familia en Honduras que sólo hay para ellos dos destinos posibles: la cárcel o el manicomio.

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