La increíble dictadura de hombrecito agigantado

Por César Indiano

Antes de salir de Honduras – en julio del 2018 – le dije a dos altos dirigentes del Partido Liberal que avalaron el fraude del 2017 esta frase legendaria “acaban de entregarle el país a un demonio y jamás lo van a poder quitar”, entonces se rieron de mí y todavía hoy, dos años después, recuerdo la sonrisa caballuna de aquellos dos canallas.

Al día siguiente me presenté a la Oficina de Recursos Humanos de la empresa donde laboraba para preguntar si de verdad iban a permitir que el demonio se burlara de todo un país y – con toda la frescura del mundo – me dijeron que sí. Que los fraudes siempre se habían estilado y que cuando estaba en peligro la patria “un dictador era un mal menor”. Antes de abandonar Honduras hablé con empresarios influyentes, con periodistas famosos y con reputados abogados y para mi asombro todos habían convenido en que preferían mil veces vivir de rodillas ante un tirano que “tomar riesgos” con un gobierno de pantalones cortos.

Todos me dieron la espalda o se hicieron los locos cuando yo les explicaba que la democracia importa y que un país deja de ser país cuando cae oficialmente, con la complicidad de la gente poderosa, en las manos de un peligroso manipulador. Nadie les dio importancia a mis palabras y nadie vio venir lo que hoy ya es un hecho: contra viento y marea la dictadura se queda. La agenda de JJ Rendón es írselas metiendo a todos, pero despacito. Sin vaselina. A modo que los empresarios no pujen y que los militares no chillen.

Tan sinvergüenzas y cobardes se han vuelto los periodistas que se han hincado ante la agenda de un ignorante asesor venezolano que juega chingo lingo con la prensa. Un infeliz asesor político extranjero – maligno e ignorante – es el que hoy decide qué poner en las portadas de los cuatro periódicos, cuando aplaudir al bonito y cómo encumbrar desde la mierda y el lodo la aterradora maldad de un bandido para que el pueblo lo adore como a un becerro de oro.

Lo que asombra de las maniobras del dictador para hacer de las suyas en un país de dormidos, es cómo la gente le da la espalda a su propia dignidad para ser parte del circo. Me asombra el cinismo de los ricos, me asusta la bajeza de los comerciantes y me sorprende el servilismo de los pobres. Me quedo pasmado ante la tapadera religiosa de los pastores y los sacerdotes, manipuladores abominables que han alquilado los púlpitos para avalar, alabar y venerar al gran atormentador de un país humilde. En estos momentos nadie quiere defender a esa pobre nación y sólo se escucha el bullicio de una gran tribulación política que nadie vio venir. Todos están concentrados en sus turbios negocios políticos sin darse cuenta que son negocios malditos.

Antiguamente, desde la idiotez izquierdista yo pensaba que la gente pobre tenía interés en la justicia y cierta sabiduría para distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, qué engaño, el débil en su desesperación y en su ignorancia sólo puede lanzar vivas para todo aquel que le regala arroz y macarrones. Después, desde la desvergüenza derechista aprendí que las oligarquías pueden volverse ultra siniestras cuando se trata de imponer lo arbitrario, de blindar la codicia y de burlar la justicia. Nadie, ni ricos ni pobres, valora la libertad. Todos están enfocados en su infinita maldad y todos disfrutan – por los canales de la TV charlatana – el diabólico espectáculo de un pequeño dictador que se da el lujo de domarlos a todos, de reírse de todos, de joderlos a todos.

Como yo, hace algunos años ocho millones de hondureños teníamos un país, contábamos con una patria, una familia por la cual luchar y un hogar al cual volver. Más de un millón de inmigrantes soñábamos con regresar al terruño para sembrar una acacia y descansar de las fatigas del mundo, pero de pronto llegó un demonio y se cagó en la ley, tomó el control de todos los poderes, organizó a sus matones, le puso grilletes a la prensa y estableció la mentira como el único alimento que se puede comprar y consumir. En comparación con el oráculo diabólico de JJ Rendón qué importancia van a tener las palabras de un escritor desterrado y herido en la nostalgia de un océano remoto.

No será JJ Rendón ni todas las legiones de embusteros que trabajan para el régimen los que recibirán insultos, ultrajes y burlas. Todos, pobres y ricos, izquierdistas y derechistas, se lanzarán en mi contra porque está decretado que Honduras se hunda en su miseria mientras humillan y apagan las últimas voces que intenten defenderla de la tiranía. Cuando los jueces sombríos del régimen le pregunten al pueblo a quien hay que linchar, si a JJ Rendón o a Indiano, a voz redoblada todos van a gritar ¡a Indiano, a Indiano, a Indiano!… Y yo como siempre, pondré la espalda y guardaré silencio. En silencio perderé la hermosa patria que no pude proteger.

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