Frijol y Gañote HUMOR PERDIDO

Por Allan McDonald

Los humoristas son tan pocos en este país, que apenas ajusta para reírnos de quienes nos hacen llorar. Ya no quedan muchos.

Habemos pocos caricaturistas, hay tan pocos artistas del arte de hacer reír, hay pocos actores de la sátira, un par de escritores humoristas, y casi ninguno de la comedia, acá lo que abunda son los payasos, si hasta se reúnen cada martes en el congreso como un club de saltimbanquis privados.
Por eso duele que se nos muera un humorista, sobretodo un humorista serio, talento a prueba de fuego del tiempo.

Este país ha aprendido con heridas muy grandes a medio sonreír, porque acá la vida es un laberinto de miedos que vuelven a la gente triste.
Por lo tanto hacer reír, es difícil porque el humorismo no designa esa remota tesis, ya superada por los payasos modernos. Sin embargo, científicos la reviven, por esa bioquímica de la personalidad. Así, la depresión depende, me han asegurado, del comportamiento de la serotonina en el cerebro.
El término humorismo designa ahora una cualidad mucho más compleja y difícil de definir. No es lo cómico, simplemente. Se trata de la tolerancia del poder que un gobernante o un simple mortal del pueblo entienda que reír es otra forma de reflexionar.

Ningún gobernante tiene mayor certeza de su poder que cuando la gente se ríe de él.

Ya sabemos que los que mandan no tienen la virtud de reír, de todos modos algunos de los mejores humoristas que conozco no se ríen ni sonríen jamás. Pareciera una dignidad de algunos humoristas el no reír ni sonreír.
El humor es una lógica implacable. Precisamente parte de su trabajo consiste en desenmascarar la falta de lógica. O llevar la falta de lógica hasta sus últimas consecuencias. Como hizo Cervantes con Don Quijote: llevó la falta de lógica de las novelas de caballerías hasta sus últimas consecuencias. Siempre he imaginado a un Quijote moderno, intoxicado con las películas de Rambo, Schwarzenegger, Van Damme, etc., que sale por ahí a hacer justicia.

Mucho de eso había en los recuerdos de aquel Frijol Terrible que me hizo reír en los años más serios, de este país, nadie como Carlos Salgado hizo reír en los años 80s. donde la vida siempre era más bonita dentro de aquel radito azul de mi papá, aquel Rcv Víctor, con baterías de eveready, ese radito que mi mamá ponía en la cocina mientras me hacia el café, y yo con los ojitos pelados, viendo detrás de la radio a ver si por allí entraba Gañote y Frijol, y luego me iba corriendo a mi escuelita de adobes y salía de vuelta con los cuadernitos arrugados, tropezando con los cordones sueltos de mi zapatos carcomidos de olvidos y con la ilusión de volver a escuchar a Frijol,
Y en la noche soñaba, con mi Frijolocho, y me ponía a dibujarlo, a imaginarlo como era, ¿sería gordo, indio cobrizo, que zapatos usaba, como era gañote, era pálido, alto, ojos zarcos, era indio o como era?

Nunca lo supe, pero en mi creció esa curiosidad de andar pensando cosas prohibidas e imaginarme la gente feliz, y aun guardo el radito y en las noches apagadas por mi asma reviso la parte de atrás y descubro que lo que extrañaba no eran las baterías del gato negro, ni el radito, sino mi infancia, mi ilusión perdida se vuelve llanto al ver que de allí no sale ningún Frijol, ningún Gañote, de allí no sale nada, solo el recuerdo de una época en que todos los niños teníamos padres y que no sabíamos de la guerra fría, ni de los desparecidos, ni de Castro, ni de Reagan, ni de todo el aparato de represión del Estado, a los cipotes solo nos importaba Frijol, Gañote, el Patrón, la Juanona, Pilingo, el viejo Cocoloco, la maestra de burrología… Tantos otros.
Y de adolecente, ya sin pasado, ni futuro dejé de escucharlo, porque según mi arrogancia imberbe era más importante leer que reír, y solo medio pensaba en como era ese hombre que hacia tantas voces, supuse miles de rostros pero ninguno coincidía con el que vi un jueves del 2009, tirado en un charco de sangre sobre una calle de Tegucigalpa.

De ese taller del sonido del pueblo volverán un día otros niños, que irán a otras escuelas, que se sentaran en otros pupitres y que tendrán otras ilusiones y en otra radio de otro papá escucharan a Frijol el terrible y reirán y lloraran con las misma historietas que yo reí, con aquellos hombrecitos construidos con las cuerdas bucales que existieron en este mundo torcido de gente seria, porque ellos fueron la especie de humor más real que tuvo el país, y no como esos diputados que llenan las cámaras de televisión hablando que acá es el país de Peter Pan, esos solo son imitadores de títeres risibles.

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