MANIPULACIÓN IDEOLÓGICA, CINISMO Y COMPLICIDAD

Por Leticia Salomón

A menudo escuchamos en las aulas de clases de los estudiantes de ciencias sociales una aseveración que se vuelve oportuna para aplicarla a la realidad que vive nuestro país en este momento: “La ideología dominante es la ideología de la clase dominante”. Eso es cierto, al margen de la existencia de una o más ideologías subordinadas que en momentos coyunturales pueden poner en precario a la primera. Y es cierto también porque el Estado cuenta con un conjunto de instituciones encargadas de interiorizar esa ideología en los habitantes de un país, entre las cuales se encuentran la familia, la iglesia, la escuela, los medios de comunicación y el entorno comunitario. Todas ellas actúan con la fuerza suficiente para llegar a hablar el mismo idioma y a expresar el mismo discurso, e inclusive, son capaces de compensar cualquier “debilidad” de alguna de ellas, sobre todo si esta nace desde adentro de las mismas.

Lo anterior se observa con mucha claridad cuando vemos las reacciones de estas instituciones -y más de algún sector de la ciudadanía- ante la protesta social por el fraude electoral montado por el Tribunal Supremo Electoral en abierta coordinación con el presidente/candidato. Todos pregonan al unísono el discurso del orden frente a la anarquía, el llamado a la paz ante la violencia y la invocación a la calma frente a la tempestad. Este discurso es de un simplismo apabullante: todos los que están con el orden, la tranquilidad, la complicidad y la resignación, son los buenos; en cambio, los que están en contra de la injusticia, del fraude, del cinismo y de la imposición autoritaria, son los malos. De ese simplismo se deriva todo lo demás que combina ignorancia con manipulación y un gran sentido de la comodidad: los que protestan en las calles son mareros, vándalos, delincuentes, narcotraficantes y enajenados a los qué hay que combatir con militares y policías hasta destruirlos y apresarlos, y si se puede, garrotear, “gasear”, herir o matar. Ellos son los culpables de haber “arruinado” la navidad, de verse obligados a tener cautela al salir a la calle o miedo cuando anuncian movilizaciones o tomas. La situación llega al extremo de colocar en el centro de la preocupación el impacto económico de las tomas de carreteras sin hacer el esfuerzo de ir más allá y detenerse en las causas que llevan a la gente a protestar de esa manera y menos en el papel grotesco y sanguinario de militares y policías que han matado a seres humanos por ordenes directas de su comandante en jefe, que es precisamente el presidente /candidato, pensando, quizás, que se lo merecen por “andar portándose mal”.

Honduras ha sido siempre un pueblo pacífico, demasiado aguantador para algunos: Salió a las calles en resistencia al golpe de Estado, se movilizó una y otra vez, aguantó represión y denunció constantemente la violación de la Constitución; un tiempo después salió indignado a las calles a protestar contra la corrupción, sacó antorchas y gritó “Fuera JOH” al principal involucrado en el saqueo del Seguro Social que dejó sin atención médica a miles de trabajadores; recientemente salió masivamente a participar en el proceso electoral porque confiaba en que su voto contaba: En todas esas ocasiones protestó, reclamó, denunció y votó ¡¡Y NO PASÓ NADA!! Siguió las reglas del juego, acudió a las instituciones, denunció las irregularidades y siguió siendo un pueblo pacífico.

El consuelo es que cada vez este pueblo indefenso está menos solo: en esta última manifestación se escucharon muchas voces internacionales cuestionando el fraude, la corrupción y la violación a los derechos humanos y quedó en evidencia la existencia de un país sin institucionalidad, sin Estado de Derecho, con un mercado de políticos corruptos y un poder Ejecutivo controlando a todos los poderes del Estado, a los militares y a los policías, y a un nuevo gobierno sin legitimidad alguna, cuestionado por la oposición política y rechazado por la oposición social. El nuevo gobierno ha sido impuesto por el fraude, la corrupción y el alineamiento incondicional, controlado y subordinado de la empresa privada, la cúpula de las iglesias, los medios de comunicación corporativos, las fuerzas armadas, la policía militar y nacional, todos ellos beneficiarios directos de la corrupción.

En medio de esta crisis e incertidumbre sale el presidente/candidato haciendo un llamado al diálogo, a la paz y a la conciliación, abriendo sus brazos a todos sus críticos y opositores, invitándolos a construir juntos el futuro, de la misma manera que el Cardenal Rodríguez simulaba ser el gran pastor que con una mano bendecía el golpe de Estado y celebraba el fraude electoral, y con la otra recibía recursos financieros de los diferentes gobiernos y se lucraba de la Universidad Católica en medio de un gran escándalo en el Vaticano. Poco a poco va cayendo el velo y se va mostrando a todos los cómplices de la corrupción en su exacto nivel: tarde o temprano caerán los otros y la historia será implacable con ellos.

Y aquí estamos como país: dividido, desgarrado, engañado, manipulado, herido e indignado: Los hondureños “buenos” podrán celebrar la navidad bendecidos por un cardenal corrupto; los militares y policías que reprimieron la protesta ciudadana se comerán tranquilos sus nacatamales porque nadie los juzgará por los asesinatos y las agresiones; los nacionalistas celebrararán el “triunfo” de su candidato sabiendo que es el gran perdedor; los empresarios celebrarán contentos la recuperación de la tranquilidad a punta de gas y de balas; los gobiernos corruptos correrán a reconocer al presidente electo y seguramente lo verán como el gran ejemplo para hacer lo mismo en sus países; y el presidente electo por un Tribunal evidenciado por el fraude más vulgar y zafio, abrirá sus brazos a Estados Unidos recibiendo el premio por su incondicionalidad nacional, regional e internacional, emulando a los seguidores del dictador nacionalista Tiburcio Carías Andino (1932-1949): “AQUÍ, FIEL COMO UN PERRO”.

Y la ciudadanía hondureña que siempre es la que pone los muertos y heridos: ¿seguirá siendo pacífica, crédula, participando en diálogos absurdos y en elecciones en las que se sabe de antemano quien las ganará? Ojalá los políticos y toda la red de cómplices que se han repaseado en la institucionalidad del país tengan un tiempo para reflexionar hasta dónde quieren llevar a esta sociedad que ya perdió el miedo y se está cansando del país que tenemos: ¿HASTA DÓNDE?

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