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Historia de dos sampedranas que huyeron a España víctimas de la homofobia

Un reportaje de Marta Martínez. (deia.com)

María y Johana son hondureñas, mujeres y lesbianas. Se aman desde hace cinco años y solo por ese hecho su vida corre peligro en su país. En el último año han llorado la muerte de varias compañeras. Ahora residen en Nafarroa y han pedido asilo por motivos de orientación sexual.

VOS marimacha, te vamos a violar para que sepas lo que te pierdes, te vamos a hacer mujer”. Estas son solo algunas de las agresiones verbales que sufría Johana a diario en su Honduras natal. “Nunca escondí lo que era”, sostiene. Mujer y lesbiana. Y se siente muy orgullosa. Sin embargo, en su país, nunca pudo disfrutar de su relación con María con libertad. Vivían su amor de puertas para adentro. El simple hecho de ir cogidas de la mano ponía en riesgo sus vidas. En sus planes no entraba formar un hogar juntas y no porque no lo desearan.

Finalmente, Johana y María tuvieron que abandonar Honduras el pasado agosto porque la amenaza se hizo real. Ambas pertenecen a la asociación hondureña Arco-Iris, de defensa de los derechos humanos de la comunidad LGTB. Empezaron los asesinatos de personas cercanas, amigas, compañeras, y el hostigamiento hacia ellas. Desde noviembre residen en Nafarroa y han solicitado asilo en el Estado español por persecución por motivos de orientación sexual.

La homosexualidad está penada en más de 75 países en el mundo, en algunos de los cuales se castiga incluso con la pena de muerte. Honduras no está entre ellos. Sin embargo, numerosas personas LGTB han sido víctimas de homicidios, tentativas de homicidio, abusos de autoridad, detenciones ilegales, hostigamiento, amenazas de muerte, violencia intrafamiliar y agresiones por parte de particulares y agentes de seguridad del Estado. Solo el año pasado, 37 personas fueron asesinadas. CEAR emitió el año pasado un informe en el que alertaba de que las personas LGTB en Honduras “a menudo se encuentran abandonadas por sus familias, incapaces de encontrar un trabajo digno y sin la protección de la policía y otros agentes del Gobierno”.

La lucha“Cuando miramos atrás, pensamos ¿cómo sobrevivimos a tanto que nos pasó”, reflexiona Johana. Su relación comenzó hace cinco años. Se quieren y eso se percibe tras cinco minutos de conversación con ellas. Sin embargo, en Honduras tuvieron que dejar las miradas cómplices y los gestos de cariño para la intimidad. “Cuando llegamos aquí, nos agarrábamos de la mano y nos soltábamos corriendo si veíamos a alguna persona. Nos costó adaptarnos a agarrarnos de la mano libremente”, explican.

La familia de Johana ha sabido siempre su orientación sexual. Sus vecinos, también. Y eso la ha obligado a convivir a diario con insultos y amenazas. “Aquí no llama la atención, pero en Honduras sí. No se la considera femenina”, explica su pareja. “Llegó un momento que incluso traté de cambiar su forma de vestir, cambiar lo que era, solo para protegerla”. María, en cambio, nunca habló en su barrio de su orientación sexual ni de su novia. “Era camarera en una cafetería muy conocida de Honduras y me trasladaban frecuentemente de local. Tenía un círculo de compañeras a las que les podía contar que Johana era mi pareja, pero siempre hay alguien que suelta lo que no le interesa. Empieza el murmullo. Y entonces a una vecina la trasladaron a mi local y se encargó de decir en mi colonia que yo tenía pareja, que tenía mujer. Entrar en tu propia colonia y que te insulten o te miren mal es duro”, asegura.

Ese hecho coincidió con el inicio de las amenazas a Johana en su barrio. “Es una colonia muy peligrosa, en la que hay que pagar impuesto de guerra. Yo había colaborado con la ONU en la elaboración de algunos vídeos sobre el VIH, lo hacía voluntariamente. Pero empezaron a pedirme dinero, decían que yo tenía que ganar dinero por esos vídeos. Claro, yo me negué. Y entonces también amenazaron a María. Eso me puso muy mal”, cuenta.

A pesar de haber llevado durante años su relación entre sombras, su trabajo en la asociación las identificaba con la comunidad LGTB y se convirtieron en objetivo. Un día, Johana tuvo una experiencia “terrorífica”. “Iba en la moto de María y había un operativo policial en una zona muy oscura. Solo había una patrulla y me paró. El policía me hizo infinidad de preguntas. Me tuvo una hora allí. Me humilló. Me preguntaba quién hacía de hombre y de mujer, quién cogía a quién. Yo, mujer, sola, frente a un policía armado. Doy gracia a Dios por haber salido viva de allí”, relata.

“No puse ninguna denuncia porque temía por la vida de María, por la de mi familia. Poner una denuncia en el Ministerio Público implica que tienes que cuidarte bien las espaldas”, explica. Aquel episodio fue el detonante para que ambas se mudaran a casa del coordinador de Arco-Iris, en una urbanización. Comenzó entonces una etapa muy dura. Solo iban del trabajo a casa. Y siempre con miedo.

No era infundado. En junio, Angie Ferreira, coordinadora del colectivo de mujeres trans de Arco-Iris conocido como Grupo Muñecas, apareció asesinada. “Todas nos íbamos siempre en grupo por seguridad. Pero ese día Angie decidió ir a repartir condones a las trabajadoras del sexo. Ese día la asesinaron y secuestraron a dos voluntarias de la asociación. Eso nos marcó mucho porque se había criado en la asociación. Como hombre había sido profesor, pero como mujer transexual no encontraba trabajo y la asociación le brindó una oportunidad. Luego llegaron las amenazas a la asociación, con nombres. Al mes apareció estrangulada la testigo de la muerte de Angie...”, recuerda Johana.

“Cuando dispararon a Angie pasó una patrulla, los policías vieron que ella estaba viva pero dijeron que para qué la iban a llevar al hospital si total iba a morir y les iba a manchar la patrulla de sangre. Nosotras pensamos que ella pudo haber sobrevivido, pero la dejaron ahí tirada durante una hora”, añade María. Tras la muerte de Angie empezó el hostigamiento y la persecución hacia ellas. Se sentían vigiladas. “Un día, cuando andábamos en la moto, vimos que nos seguía un hombre en otra moto. Nos pasábamos los semáforos y él también. Fue una persecución de media hora. Al final lo perdimos, pero pasamos mucho miedo”.

Fue entonces cuando decidieron que tenían que huir. Su destino: Barcelona. Pidieron dinero a su entorno y reunieron suficiente para los billetes de avión. “Corríamos el riesgo de que nos devolvieran y quedarnos peor. Sin dinero, sin trabajo y en peligro”, recuerda María. Tuvieron suerte. Una vez en el Estado español pidieron asilo y fueron ubicadas en un piso de acogida de Cruz Roja en Lizarra. Llevan casi un año fuera de Honduras, a salvo, pero lejos de sus familiares y del activismo en Arco-Iris. “Es lo que somos”, dicen con tristeza.

Asesinatos

Desde que llegaron, los asesinatos no han cesado. El mismo mes de agosto, Paola Barraza, del Grupo Muñecas, fue atacada por un grupo de hombres que le dispararon varias veces a las puertas de la oficina y quedó gravemente herida. “Ella dejó su identidad por miedo y empezó a vestirse de hombre. Tenía miedo de que la reconocieran y la fueran a asesinar”, cuenta María. Pero no funcionó. Había logrado la visa mexicana y estaba esperando reunir el dinero su suficiente para poder irse del país, sin embargo, el pasado enero fue asesinada frente a su casa.

El suma y sigue no cesa, pero no ha habido ninguna detención. Henry Matamoros, integrante de la asociación, fue secuestrado, torturado, agredido sexualmente y asesinado en noviembre. Semanas antes, Joselyn Aceituno, voluntaria de Arco-Iris, también fue secuestrada, torturada y asesinada. Estos casos sirven ahora de prueba en el proceso de solicitud de asilo de María y Johana. Demuestran que su vida corre peligro y necesitan protección.

El Estado español reconoció la persecución por motivos de orientación sexual en 2007 con la aprobación de la Ley de Igualdad. “El reconocimiento del derecho de asilo a las personas LGTBI y a las personas perseguidas por género ha sido una lucha de las organizaciones sociales, pero queda mucho por hacer”, sostiene Raquel Celis, coordinadora de Incidencia y Participación Social de CEAR-Euskadi. Por ejemplo, una práctica habitual es pedir a los solicitantes pruebas de su orientación sexual. “A nosotras nos sugirieron incluso que nos casáramos”, cuenta María. Pero, ¿cómo acreditas que eres lesbiana si durante años has tratado de ocultarlo para vivir?

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