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Cuentos y leyendas de la OFRANEH

Por César Indiano

Instigada por la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos (CIDH), Miriam Miranda ha comenzado una campaña agresiva para conquistar todos los territorios litorales del norte, tierras que, según ella, son propiedad ancestral de las comunidades garífunas.

Antiguamente los litigios se ubicaban en playas, morenales y ensenadas pertenecientes a Cortés, Atlántida y Colón; viejos pleitos sobre tierras que, legalmente hablando, siempre han sido ejidos o propiedades nacionales. Lo asombroso es que, a partir de abril del 2026, la nueva consigna de “la recuperación ancestral” abarca a los Cayos Cochinos e inclusive a franjas importantes de Islas de la Bahía.

Al paso que vamos, esta señora va a terminar reclamando como propias las cumbres nubladas del Pico Bonito, todos los corozales del Cerro Calentura, todos los pajonales de la Mosquitia y todas las Islas Vírgenes del caribe. Para emprender su campaña usando como brazo político a la OFRANEH, esta lideresa ha construido (con el apoyo de los piratas modernos que hoy operan desde la CIDH) una leyenda negra basada en tremendas mentiras peligrosas.

La más grave de estas mentiras es proclamar que los garífunas tienen en sus manos títulos legítimos de territorios clasificados en el Registro de la Propiedad como ejidales o nacionales. La otra gran mentira ha sido reivindicar una ancestralidad que en el caso de los garífunas es improbable; podemos discutir, si quieren, “el derecho ancestral” de tolupanes y payas en algunos bosques perdidos de Honduras, pero, hablar de derechos ancestrales garífunas es un contrasentido histórico.

Aunque, la más temeraria de las mentiras que compone el cuento chino de los dirigentes de OFRANEH, ha sido presentarse ante los foros mundiales como víctimas de atropellos empresariales inexistentes, como mártires de homicidios corporativos sin sustento y como abanderados únicos de la cultura negra del litoral.

Entonces, urge desmontar esta leyenda en el mismo orden en que fue inventada.

Primero, fue por la generosidad de los gobiernos nacionales y no por desconocimiento de las autoridades que los grupos garífunas se ubicaron en el litoral atlántico sin dificultades. Cuando en 1797 llegaron de San Vicente para asentarse en la cadena de morenales de la costa norte, dichas tierras ya estaban catastradas y registradas a nombre de hacendados privados o eran dominios ejidales de municipios cartografiados.

Como el arribo de los grupos negros a Honduras fue pacífico, las autoridades coloniales de Trujillo y los gobernadores de Atlántida toleraron su presencia de buena fe.

Segundo; nunca ha existido ni antiguamente ni hoy en día, alguna persecución directa contra negros, indios o creoles. Las compañías bananeras que fueron las corporaciones más poderosas entre 1905 y 1965 jamás les tocaron un pelo ni a misquitos ni a garífunas. De igual modo, ninguna empresa que se haya situado en la costa atlántica para fundar fábricas o industrias usó o abusó de los territorios identificados como morenales.

Por esa razón, cuando el Estado de Honduras a partir de 1978 descubrió a los garífunas como comunidades aisladas de toda contaminación ladina, inmediatamente, la Secretaría de Cultura, Turismo e Información (SECTIN) las declararon tesoros culturales.
Pero, dicha Secretaría no dio el paso final que era otorgarles escrituras de las zonas costeras que habían ocupado desde 1797, esa es la razón exacta por la cual, hasta el 2001, los garífunas no fueron propietarios legales de ningún solar.

Si vamos a hablar la verdad, hasta el 2025, los garífunas coexistieron pacíficamente con criollos, ladinos y extranjeros ocupando tierras nacionales o ejidales. La discordia dio comienzo a partir de 1990 cuando la OFRANEH se transformó en un tentáculo de la izquierda radical.

Por último, la costa Atlántica – en un país normal – debería ser la principal maravilla portuaria, industrial y turística de Honduras, pero, como decidimos vivir sometidos a los tontos, toda la franja litoral tiene tres décadas de estar estancada en atraso, anarquía, crimen y miseria.

Se ha vuelto imposible llevar desarrollo aeronáutico, autopistas de cuatro carriles, aeropuertos certificados, hotelería de primer mundo y desarrollo urbano porque los gobiernos perdieron el control político de todas las regiones costeras.

Desde El Triunfo de la Cruz hasta Farallones hoy es tierra de nadie, territorio de tacamiches, dominio de narcos, bahía de piratas y guarida de activistas radicales que no respetan a ninguna autoridad militar ni civil. Ningún gobierno ha encontrado la manera de llevar progreso a esos confines del demonio porque siempre se atraviesan los heraldos negros de la anarquía, quemando y obstruyendo todo lo bueno, espantando a cualquier inversionista que intente poner cuatro baldosas en algún malecón.

Nadie en este país reconoce a Miriam Miranda (y demás secuaces que la respaldan) como representantes legítimos de la negritud en Honduras, en realidad, hay una generación garífuna de gente formada y educada que sueña con un litoral desarrollado, industrializado y libre de chonas y comanches.

Pero, como en un país de tontos los Pillos son los Reyes, entonces toda la costa atlántica está de rodillas ante los caprichos de cuatro chamanas de la miseria, hijas legítimas de Orishas, mujeres fanáticas que no aman ni respetan al país donde sus tataranietos conocieron la libertad.

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