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Hondurasgate: ¿Por qué esto no es un escándalo mediático?

Una filtración con nombres, montos, amenazas, planes, con todo aquello que nos debería escandalizar, no es un escándalo mediático.  Es un escándalo político, sí, pero a su alrededor se construye un muro de silencio. ¿Quiénes y por qué callan?

Por Leonardo Toledo Garibaldi*

Los audios del Hondurasgate describen a detalle posibles operaciones de financiamiento mediático y manipulación política regional. Tienen todo el contenido que podríamos identificar como “escandaloso”, pero no se han inscrito en el espacio público, circularon en un ámbito restringido: algunos medios de prestigio y portales informativos de México, Argentina, Chile, Honduras, Líbano, Turquía y medios públicos de Colombia; México y Venezuela, y pare usted de contar. El reportaje de tres partes publicado por Diario Red América Latina, firmado por Valeria Duarte Galleguillos, se ha topado con aquella estructura que regula la circulación de la información.

A continuación exploro algunas variables que podrían ayudar a responder la pregunta que da título a este texto, pregunta que suele aparecer en redes sociales cuando sucesos graves e indignantes son ignorados por las agendas mediáticas y los trendings.

El escándalo desplazado

Debería ser un escándalo que un criminal condenado (el expresidente de Honduras) haya sido indultado por otro criminal condenado (el presidente de Estados Unidos). Debería ser un escándalo que un narcotraficante le hable al presidente en funciones de su país como si fuera su patrón, que le cobre deudas, que le exija cuentas. Debería ser un escándalo que el presidente de un país le rinda cuentas a un expresidiario. Debería ser un escándalo que un criminal negocie contratos para empresas extranjeras. Debería ser un escándalo que políticos de Honduras reciban dinero de los gobiernos de Israel y Argentina para montar una campaña en contra del presidente de Colombia y la presidenta de México. Debería ser un escándalo que una exvicepresidenta confiese su intención de asesinar a tres personas. Debería. Sin embargo no lo ha sido. Todo ello ha pasado de largo por las redacciones de los principales medios corporativos de América Latina. Lo que debería ser un escándalo mediático es un estruendoso silencio.

¿Cómo se ha construido ese silencio?

Lo primero que hay que aclarar es la clase de escándalo a la que nos referimos. No hablamos del es-cán-da-lo de la Sonora Dinamita, ese que es como un río desbordado que no se puede controlar, sino de aquel que retumba en la conciencia de quien se entera, provocando una creciente indignación.

El escándalo no depende del acontecimiento en sí, sino de la forma en que este se inscribe o se posiciona en el espacio público. Es decir, no depende de la gravedad de los hechos, sino de su capacidad de atravesar filtros. Cada uno de esos filtros está a su vez constreñido por una serie de intereses. No son solamente filtros de la comunicación (verificabilidad, legitimidad del emisor, compatibilidad con la agenda, reproducibilidad) sino que además están mediados por intereses políticos, económicos y subjetivos (prestigio, rivalidad, recelo).

Una vez establecido esto, vamos a las variables.

Primera variable: la guerra de las agendas

El primer umbral es la agenda. Sabemos que cada medio trae la suya, lo que les importa, lo que miran, lo que reportan, todo está sesgado por los intereses de la empresa. “¡Claro que no! A mi me dan total libertad y nunca me han limitado los temas”, dice el reportero que fue contratado por estar de por sí plegado a los intereses de la empresa. Aunque esa “línea” hoy haya sido rebasada en casi todos los medios por una agenda fijada por los clics, por la “agenda baiting”.


El escándalo no depende del acontecimiento en sí, sino de la forma en que este se inscribe o se posiciona en el espacio público. Es decir, no depende de la gravedad de los hechos, sino de su capacidad de atravesar filtros

[Agenda baiting: proceso por el cual los medios de comunicación, guiados por la maximización del lucro a través del tráfico y los clics, seleccionan temas no por su relevancia pública, sino por su capacidad previsible de capturar atención inmediata (indignación, morbo, urgencia falsa, polarización). Los medios no determinan sobre qué pensar, sino que construyen su agenda de acuerdo a la reacción emocional vigente, dictada por algoritmos y métricas de rendimiento que premian el cebo emocional y castigan la complejidad o el matiz]

En México, el día que se dieron a conocer los audios del Hondurasgate la conversación pública estaba en otra parte. Toda la prensa estaba copada por el escándalo de la petición de extradición de diez personas por parte del Departamento de Justicia de Estados Unidos. Entre ellas un gobernador, un senador y un alcalde, todos en funciones.

Se puede decir que la develación de una confabulación que involucra a tres gobiernos (uno de Centroamérica, otro de Sudamérica y otro de Asia Occidental) en contra de la presidenta de México podría competir en importancia con una solicitud de extradición en contra de funcionarios mexicanos, pero no hubo tal competencia. Para la prensa corporativa mexicana, uno de esos dos casos simplemente no existió. 

Lo tenían todo para un buen cóctel de escándalo: un expresidiario y sus narcopolíticos, conjura internacional, financiamiento mediático, operaciones secretas pagadas por “rabinos”, campañas sucias en contra de Claudia Sheinbaum, Gustavo Petro y Xiomara Castro.

La develación de una confabulación que involucra a tres gobiernos (uno de Centroamérica, otro de Sudamérica y otro de Asia Occidental) en contra de la presidenta de México podría competir en importancia con una solicitud de extradición en contra de funcionarios mexicanos, pero no hubo tal competencia. Para la prensa corporativa mexicana, uno de esos dos casos simplemente no existió

Pero al parecer, la competencia en la agenda mediática mexicana no está definida por la importancia del tema. La revelación de los planes coordinados entre criminales de guerra, narcotraficantes y payasos (Milei) para desestabilizar a dos naciones soberanas de América Latina es la trama global, el caso Rocha Moya, en todo caso, vendría a ser un subconjunto, una consecuencia de este plan develado.

Segunda variable: la intensidad mediática

Es un lugar común entre los fans de la “agenda setting” decir que “los medios no te dicen cómo pensar, pero sí te dicen sobre qué pensar”. Es la versión de las portadas de periódicos como aparadores. Pero en el nuevo mundo de la “agenda baiting” la saturación de información los hace más administradores que jerarquizadores. No es el qué sino el cuánto. Es aquí donde entra en escena el escándalo.

En los dos escenarios de confabulación contra México, el de EEUU ofrece mayores ventajas para posicionarse en el espacio público. Hay una amenaza conocida, familiar, el viejo enemigo que ha invadido cuatro veces el territorio mexicano, con otras muchas menores pero significativas intervenciones, al que le urge una victoria ante sus inminentes elecciones. La amenaza gringa cumple con los requisitos de lo que podríamos llamar alta intensidad mediática: inmediatez, urgencia, claridad narrativa, conflicto inmediato, impacto directo y consecuencias visibles. No solamente es la oportunidad de expertos en La Ley y el Orden para explicarnos el funcionamiento del Gran Jurado, sino que también es el chance para la oposición de recuperar lo invertido durante muchos años en granjas de bots repitiendo la consigna de “narcogobierno”. La sumisión y el entreguismo ante un gobierno extranjero que se ve más como virtud que como falla.

Hay una amenaza conocida, familiar, el viejo enemigo que ha invadido cuatro veces el territorio mexicano

En cambio, los audios de Whatsapp, Signal y Telegram del Hondurasgate pertenecen a otra categoría de intensidad mediática: la inmediatez es menor, la trama es compleja, los personajes son en general desconocidos fuera de Honduras, los enemigos (Israel, Argentina) son lejanos, ajenos, escucharlos requiere información de quién es quién, contexto, pero sobre todo tienen consecuencias diferidas, es decir, no se percibe un efecto inmediato visible. La conjura sólo se puede apreciar si se pone atención en las huellas que va dejando, lo que requiere interpretación y unir puntos aislados.

Tercera variable: el laberinto de la verificabilidad

Las filtraciones son una conocida forma de producción de verdad mediática. El periodismo contemporáneo está marcado por Watergate, los Papeles del Pentágono, la denuncia de Darby sobre Abu Ghraib y todo lo que surgió de Wikileaks. Si bien esta verdad mediática no se ajusta a los términos de la judicialidad, a lo largo de los años el periodismo ha desarrollado procesos de verificabilidad para combatir el profundo prejuicio que existe frente a las fuentes anónimas.

Casi siempre es complicado presentar los criterios de verificación plena que se exigen para el trabajo cotidiano. A esta complejidad se suma que en el caso de las filtraciones existe la obligación ética de proteger a las fuentes. Una obligación tan consagrada en el campo del periodismo, que muchos periodistas han preferido ir a la cárcel antes que revelar sus fuentes. Frente a este hueco de credibilidad se plantea la legitimidad diferencial. La persona que firma da fe de la verdad y trazabilidad de las evidencias y el medio le respalda (luego de fuertes debates éticos en el newsroom y una ardua tarea de verificación interna).

Los audios publicados por Diario Red América Latina no pertenecen necesariamente al núcleo histórico de validación mediática. Es un actor reciente en un campo estructurado por jerarquías de credibilidad. El sociólogo francés Pierre Bourdieu decía que el campo periodístico no es un espacio neutral, sino un sistema de posiciones donde los agentes compiten no sólo por capital económico, sino principalmente por capital simbólico. Los audios del Hondurasgate son una primicia que destapa muchos frentes, en un campo donde lo que prima es la reproducción de boletines y la replicación del trending. Si los viejos actores le dieran un espacio en sus páginas, eso implicaría reconocer que el recién llegado tiene un lugar bien merecido. 

Casi siempre es complicado presentar los criterios de verificación plena que se exigen para el trabajo cotidiano. A esta complejidad se suma que en el caso de las filtraciones existe la obligación ética de proteger a las fuentes

La capacidad de producir “escándalo” no es pareja, está distribuida de manera desigual. No todo el mundo tiene derecho a producir realidad, sobre todo si algún nuevo actor pretende que esa realidad surja de escenarios complejos y rompa con la dinámica homogeneizadora de espectacularizar la realidad desde una línea editorial claramente enunciada.

La trayectoria y el profesionalismo de las y los periodistas de Diario Red América Latina es sólida y verificable, no obstante la juventud del medio juega en su contra. Eso hace que el lugar de enunciación sea al mismo tiempo legitimante y motivo de suspicacia. El gremio pone en duda la veracidad de lo publicado por sistema, por método, pero también por autopreservación.

Cuarta variable: los límites técnicos del peritaje

Si el reportaje de Woodward y Bernstein se publicara en estos días, Nixon los acusaría de haber hecho los audios con inteligencia artificial y seguiría en lo suyo. Eso es lo que ha hecho Juan Orlando Hernández. Se ha pasado la semana dando entrevistas aquí y allá, negando todo lo dicho con el único argumento de “esa no es mi voz”.

El medio no puede publicar el método de obtención sin poner en riesgo a su fuente, tampoco puede publicar otros elementos de prueba sin rebasar límites éticos. La opción que parece surgir son peritajes independientes de los audios publicados. Casos recientes nos han dejado claro que las herramientas de detección de IA son poco confiables. Muy poco confiables. Son los equipos humanos dotados de múltiples herramientas de verificación los que pueden validar el dato, aunque precisamente ese mismo factor humano los hace susceptibles de descalificación.

El medio La Pauta, de Honduras, afirma que “el reconocido equipo chileno contra la desinformación, Bot Checker, ha validado la autenticidad de los audios filtrados”. Ahí mismo en Honduras, los seguidores de Juan Orlando Hernández ya tienen la consigna: “solamente los de izquierda creen que los audios son verdad”. Si confías en la seriedad y el profesionalismo de un medio internacional, es porque eres de izquierda. No ser de izquierda es creer más en la palabra de una persona sentenciada por narcotráfico.

Los nuevos medios han irrumpido en sus antaño apacibles praderas y los van desplazando, con más investigación, más periodismo y mejores formas narrativas

Ante esa polarización de creer o no creer según el color de la bandera que te vista, donde incluso el peritaje más especializado y certificado del mundo sería rechazado por ese acto de fe, la credibilidad se debe desplazar a la trayectoria de quien enuncia.

Las personas lectoras tienen a la vista, a la mano, las trayectorias de quienes sostienen una y otra versión. Una está marcada por el fraude y el engaño y la otra va en sentido opuesto.

Quinta variable: la disputa por el campo

Los medios tradicionales, los medios corporativos, tienen un control histórico de la agenda. Trátese de Reforma, El Mercurio, El Tiempo o El Clarín, sus lectores validan sus afirmaciones aún cuando se trate de pifias evidentes. Los nuevos medios han irrumpido en sus antaño apacibles praderas y los van desplazando, con más investigación, más periodismo y mejores formas narrativas.

El mecanismo de defensa de esos viejos medios ha sido ignorar, descalificar, pero sobre todo no amplificar ni validar lo que salga de esos nuevos medios. Dado que controlan las bocinas, su mejor defensa es el silencio. Las noticias como el Hondurasgate se quedan en circuitos restringidos, limitados. No logran cruzar a medios dominantes por esas murallas de silencio.

Los medios corporativos tienen un control histórico de la agenda. Trátese de Reforma, El Mercurio, El Tiempo o El Clarín, sus lectores validan sus afirmaciones aún cuando se trate de pifias evidentes

Pero además de las murallas hay fosos repletos de audiencias adversas, desde las que califican como falso todo lo que huela a izquierda hasta lo que, siendo de izquierda, atacan a nuevos medios por querer desplazar a sus viejos conocidos. En escenarios de 10 medios de derecha por cada uno de izquierda, miran con recelo y susurran: “¿para qué queremos otro medio de izquierda si ya tenemos a [...]?”

Las tradiciones son importantes, pero a veces son cómplices del silencio. Esas audiencias adversas son parte de la estructura que controla el capital simbólico. En la economía política de la comunicación, son también reguladores de la información y, como buenos defensores de la tradición, son temerosos del cambio y de todo aquello que desestabilice su estructura de verdad.

Sexta variable: el miedo del medio

Los audios dicen que detrás de Juan Orlando Hernández no solamente está el narco, sino que está el gobierno de Estados Unidos, está el gobierno de Israel, está la General Electric y están las grandes empresas de inteligencia artificial. No son palabras menores.

La autenticidad de los audios del Hondurasgate va más allá de la demostración técnica, son comprobables por la vía empírica

Las grandes empresas mediáticas de América Latina no se caracterizan por enfrentarse a esos monstruos, al contrario, tienen predisposición a la genuflexión ante ellos. Un empresario de medios cuya prioridad está en el lucro antes que en la verdad jamás mordería la mano que le da de comer. O que le gustaría que le diera de comer.

Es mucho más sencillo, más redituable, acusar a Sheinbaum o a Petro de lo que sea aunque no tengan evidencia, que publicar la alianza de un expresidiario con grandes empresas y gobernantes acusados de genocidio.

Más allá de la disputa por el campo, la exigencia de verificación o los celos profesionales, el muro de silencio que se construye desde el miedo suele ser bastante sólido.

La obvia evidencia

Independientemente de la posibilidad de demostrar o no el origen, el fenómeno descrito en los audios es observable. Las campañas mediáticas con ataques a Gustavo Petro y Claudia Sheinbaum existen, son verificables en medios tradicionales y corporativos de México, Colombia, Estados Unidos, Ecuador, Argentina y, por supuesto, Honduras.

La intención de Donald Trump y Marco Rubio de acabar con los gobiernos de izquierda en América Latina es completamente verificable. Su intromisión en las elecciones de Ecuador, Chile, Perú y Honduras también. Que todas y cada una de esas intervenciones vayan acompañadas de operaciones de grandes empresas en dichos países también se puede constatar. Que estén apoyando con todo su presupuesto y logística la expansión de empresas de inteligencia artificial tampoco hay ninguna duda.

¿Por qué esto no es un escándalo mediático? No es por falta de evidencia, sino por exceso de silencios deliberados

Que el gobierno de Israel está llevando a cabo una operación de propaganda masiva que va desde el control de los servicios de streaming y de inteligencia artificial generativa hasta políticos locales (vease la reciente denuncia de Maddie Block, hija del senador de Nuevo México, Jay Block) tampoco es un secreto.

La autenticidad de los audios del Hondurasgate va más allá de la demostración técnica, son comprobables por la vía empírica. El periodista Pablo Padula (ganador de tres premios Emmy y excorresponsal de Univisión) subió un video a su canal de YouTube donde entre otras cosas afirma que el indulto a Juan Orlando no fue por simpatía sino por negocio, que los indultos que da Trump son todos pagados, y que no hay ninguna duda de que en Honduras hay una corrupción enorme.

Algunas cosas se podrán comprobar con el tiempo (la candidatura de Juan Orlando Hernández, la concesión del tren a General Electric, la instalación de empresas de IA, la construcción de una cárcel al estilo Bukele) pero será demasiado tarde. Otras más esperemos que no se cumplan, como la intención de la exvicepresidenta de asesinar a tres personas.

Así pues, la realidad empírica valida parcialmente la hipótesis, pero la falta de inscripción mediática impide su consolidación. ¿Por qué esto no es un escándalo? No es por falta de evidencia, sino por exceso de silencios deliberados.

Quizá la pregunta inicial no debería seguir siendo por qué esto no es un escándalo mediático, sino ¿qué es lo que queda sistemáticamente fuera de los muros de silencio?

  • Analista de medios

Artículo original en https://www.diario-red.com/

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